El Cuaderno de Sergio Plou

     

jueves 29 de octubre de 2009

A orillas del Pacífico






    El primer día en Nueva Zelanda estuvo sembrado de contratiempos. Llegamos al lugar donde habíamos alquilado la caravana -una pequeña furgoneta habilitada para llevar cocina, nevera y cama- mediante un transporte colectivo desde el aeropuerto de Auckland. Nos dejó en la misma puerta del local pero -sorpresa, sorpresa- estaba cerrado. ¿Cuál era la razón si, en apariencia, tendrían que estar esperándonos? Tardamos en descubrir las causas un rato largo. Cualquier intento de comunicarnos con los arrendadores por medio del teléfono móvil resultó imposible, porque la compañía telefónica (moviestar es la leche) se resistía con toda su alma a facilitarnos cobertura.

    En mitad de una calle larga, extremadamente larga para lo que se contempla desde el villorrio hispano del que procedíamos, con edificaciones de una o dos plantas como mucho, al modo inglés colonial pero francamente envejecido, me salió al paso una lugareña que, viéndome fumar, me solicitó un pitillo. Al entregarle un Camel recién adquirido en Singapur, la mujer, que ya peinaba canas, se mostró en verdad agradecida y desapareció calle abajo más contenta que unas pascuas. Habíamos alunizado en el Upon Queen Street, una de las barriadas más deprimidas de Auckland, y serían las dos de una tarde lluviosa y ligeramente destemplada, cuando dobló la esquina un señor alto y de edad avanzada que, al ver que perdíamos las fuerzas y comenzábamos a reír de manera tonta, nos entró con desparpajo ofreciéndonos su apoyo moral para lo que pudiera servirnos. Se llamaba Jeremías, rozaba los ochenta tacos y presentaba un aspecto lozano, gentil y agradable, que enseguida nos cautivó. Viendo que no comprendíamos la situación en que nos hallábamos envueltos, se limitó a explicarnos que la jornada era festiva en Auckland. Era puente, y por lo tanto estaban cerrados comercios y bancos, circunstancia anormal en la que obviamente no habíamos reparado... Tampoco fue la única.

Helena frente a un templo masón en Thames (Coromandel)

  Jeremías, desarrollando una cachaza y dedicación que nos dejaba exhaustos, nos condujo mansamente hasta el establecimiento más cercano regentado por una pareja heterosexual de coreanos que, de manera simpática y con absoluta presteza, se animaron a telefonear al número de emergencias de la empresa de caravanas, sin resultado alguno. Tras varios intentos infructuosos de conexión con los desaparecidos rentistas, la esposa del sonriente oriental se ofreció a vendernos la tarjeta SIM de su propio teléfono e incluso el aparato completo, lo que fuese con tal de que quedáramos satisfechos con su colaboración. Fue entonces cuando el bueno de Jeremías, observando que no se ganaba el cielo con aquellos turistas españoles cuyo dios -al que adoraba tan alto caballero- había dispuesto en su camino, decidió invitarnos hasta su casa donde, recuperadas las fuerzas y la serenidad de ánimo tal vez diéramos de manera fortuita con una provechosa solución.

    A quince minutos escasos del local se encontraba el domicilio de Jeremías, cuyo padre, un tal Abraham, centenario y venerable anciano, todavía labraba la tierra en su propia granja. El mejor producto de su cosecha -el arroz- debía dársele bien y por arrobas, y para que alcanzásemos a comprender no sólo la cantidad sino la calidad de tan exquisita gramínea, viniendo como llegábamos de una nación conocida internacionalmente por sus paellas, subió de un par de zancadas hasta su domicilio y no tardó en bajar con una muestra de cuarto de kilo en una fiambrera que sometió a nuestra inspección. No sé si pasó o no la ISO 9000 pero aquella situación, perdidos en un barrio ignoto de las Antípodas y arrastrando las maletas por la hierba, adquirió tintes alucinógenos.


    Durante el intervalo que quedamos a solas, conocimos a la puerta de su casa a unos mozalbetes que tomaban unas cervezas apostados en torno a la mesa de un bar, cuyo dueño enseguida nos ofreció el teléfono de su local para que llamásemos desde allí, de forma gratuita, a los alquiladores de la caravana. Uno de los chavales, al escuchar nuestras palabras, siseó a su compañeros que aguzaran la oreja porque semejante idioma, el nuestro, era digno de oírse con suma delectación. No tardamos en hacer migas con el interfecto, un tal Antoinne, oriundo de Francia. Se trataba de un Erasmus que acababa de llegar a Nueva Zelanda para continuar sus estudios de Economía. Por lo visto, había pasado unos meses de vacaciones en Barcelona, donde aprendió las nociones de castellano que tímidamente intercambiaba con nosotros. El dueño del bar, mientras contemplábamos atónitos los soberbios granos de arroz del progenitor de Jeremías y manteníamos una amigable charla con Antoinne -sujeto que prefería ser tratado como Anthony, en aras de su rápida adaptación al país- descubrió que habíamos estado telefoneando a un número cuyo prefijo sobraba, entuerto que, una vez descubierto, nos ahorraría el calvario de hacer noche quién sabe si en los dormitorios del Ejército de Salvación o compartiendo jergón con Jeremías, del que parecía difícil zafarse hasta que no encarrilara nuestra existencia.




  Gracias a la cordura del dueño del bar conseguimos hablar con los rentistas de la caravana y enterarnos a la vez de que llevaban un día entero aguardando nuestra aparición, la cual daban ya por misteriosa e inaudita. El jet lag, los cambios horarios y la distancia kilométrica que separa Europa de Oceanía, nos indujeron a creer que estábamos viviendo en un día que en realidad ya había pasado. Doce horas de diferencia son un exceso, pero como el negocio, en todas partes, es el negocio, acordamos una cita para tres horas más tarde en su local aprovechando, entre tanto, la jornada para echar un vistazo al mundo marginal de Auckland, sus Erotik Club, sus cervezas negras y su comida de gasolinera. En estas últimas instalaciones adquirimos una tarjeta SIM neozelandesa de prepago por dos dólares, un minúsculo pedazo de plástico que todavía no hemos tenido la dicha de utilizar, entre otras causas porque no hemos averiguado cómo diantres se pone en funcionamiento.

    Hoy estamos en Hahei, al borde del Océano Pacífico, durmiendo en la caravana que finalmente alquilamos durante aquella larga jornada de lluvia. Hemos tenido la oportunidad de conocer una Auckland distinta, caritativa y amigable, deprimida pero sonriente con los viajeros en aprietos. Ya entonces nos pareció muy vegetal, surtida de árboles por todas partes, silvestre en su comportamiento y humana en su trato. Reconozco que nos costó varias horas encontrar el camping de Takapuna, pero tuvimos suerte de no perdernos más de cuatro o cinco veces a lo largo del recorrido. Gozábamos además de una envidiable experiencia en el ámbito de circular por la izquierda —gracias a nuestro último viaje por Escocia—, de modo que, aun habiendo cruzado en múltiples ocasiones el Harbour Bridge, que es un puente de hierro como el de Zaragoza, si bien goza de media docena de carriles por sentido, no es menos cierto que a la quinta oportunidad de atravesarlo, que dicen que a la quinta va la vencida, y como mi compañera sentimental se estaba meando de manera acuciante, tuvimos que hacer una parada de emergencia en un polígono industrial con el único fin de que se apeara del vehículo e hiciera sus necesidades contra una rueda. Nadie se escandalizó por tal hazaña, así que no debe ser tan extraña por estos pagos.

    Esta noche, antes de caer secos en la caravana, hemos recordado a orillas del Pacífico las primeras aventuras de nuestra llegada al país de los kiwis. Atravesando de sur a norte la hermosa Península de Coromandel, toda ella repleta de helechos, emblema nacional de los neozelandeses, acordamos que mañana iríamos a tomar un baño de arena caliente en Hot Beach. Necesitamos una pala para cavar un hoyo en la playa, enterrarnos en la tierra y aguardar que llegue la marea. Dicen que acude el mar a cubrirte al mediodía y espero que no sea una broma, porque me veo asomando la cabeza entre las piedras y sin un alma en varios kilómetros a la redonda.