El Cuaderno de Sergio Plou

      


viernes 23 de enero de 2015

Lo que no mata, engorda




    Llega el último día de ensayos antes del estreno y aparecen los nervios. No es lo único que aparece, también me ha venido a visitar la nostalgia. Hasta ahora creía que estar de los nervios antes de una representación era un problema de actores y que sentir nostalgia cuando precisamente empieza la aventura era un fenómeno paranormal. Quién sabe. Igual, en el fondo de mi corazoncito, tal vez me sienta todavía un actor. En cuanto a la forma, no sabría decirles. De tener que explicarlo la doctora Aspasia, atribuiría mi estado de ánimo a una manipulación desafortunada del Big Bang. No sería la primera vez que alguien se encuentra por la calle a su otro yo y resulta que no hacen buenas migas… ¿Hacen o no hacen ahora unas migas? Con su chorizo braseado, ¿eh?

    El teatro siempre maneja un antes y un después. Los ciclos se suceden y aunque resulte contraproducente anticipar las emociones, el hecho de haber vivido ya procesos semejantes repercute en la serenidad. Pero, ¿qué es la serenidad? Si tuviéramos que incluir a la serenidad en la Tabla Periódica ocuparía un espacio entre las Tierras Raras, seguramente junto al europio, el gadolinio o el lutecio, metales de transición que son relativamente escasos en la naturaleza. Pues con la serenidad ocurre tres cuartos de lo mismo, sólo que uno de sus mayores atractivos —la permanencia— es aleatoria y encima se hace mucho de rogar. O dicho de otro modo, que no es lo mismo tener veinticinco años que cincuenta. Y lo que es más importante: que aún queda cierto recorrido hasta encontrarte con la vejez.



La doctora Aspasia fotografía de Lisístrata Live In Tokyo
    A los cincuenta y tantos—no entraré en detalles— te tomas la vida de otra manera. O al menos lo intentas, porque la serenidad se me antoja ahora un estado de ánimo relativo, fugaz, aunque algo más estable que a finales de los 70. En aquella época hacer teatro era una locura. O sea, que te tomaban por un loco y no te quedaba más remedio que salir adelante a trompadas. Ahora da igual la profesión, que las trompadas no te las quita nadie. Así que terminas sacando la vara de medir los riesgos y también la de observar fenómenos. Y así, midiendo y observando, he llegado a la relajante conclusión de que tal vez estemos hablando de estreno cuando la representación del sábado podría calificarse tan rícamente como un pre-estreno. ¿O no? Lo digo por quitar hierro al asunto y recuperar la compostura.

    Tengan en cuenta que en el mundo de la farándula escasean las abuelas, de ahí nuestra natural tendencia a la exageración. La sala en la que se pondrá mañana en pie el espectáculo presenta un aforo muy familiar, asunto que, lejos de ser un inconveniente, resulta a las claras un acierto. No sólo porque la experiencia será más entrañable y enriquecedora, sino también porque a cualquier actor la proximidad del público le sienta de maravilla. La disfruta mejor. Y mucho más si hablamos de una clown, como la doctora Aspasia, acostumbrada a trabajar en aulas magnas y con todos lo medios audio-visuales a su alcance. En un ámbito más reducido toda la sabiduría que acumula Aspasia se expandirá de forma geométrica, alcanzando los nervios simpáticos y parasimpáticos de la concurrencia hasta aflojar sus mandíbulas. Y notarán entonces que les atraviesa el humor con la fuerza de un mordisco.

    Salta a la vista cómo está el panorama de la Ciencia, cómo está el de las artes escénicas y en general cómo está todo el patio de vecinos, así que soy consciente de que ahora los estrenos son simplemente estrenos y que si algo pasa con mi memoria es que no está precisamente a estrenar, más bien se está volviendo caprichosa. Por ejemplo, me hace recordar que de niño, cuando hablaban por la radio de un estreno, calificaban dicho evento con el título de mundial. Y jamás puse en duda que en su mayor parte fueran estrenos mundiales, pero tanta rimbombancia me convirtió en un escéptico sobre su magnitud e importancia. Es más, en cuanto a calidad y cantidad de caspa que rezumase el evento, lo planetario podía inducir a error. En mi infancia abundaba la caspa y desconozco cuándo se cansaron de los estrenos mundiales pero, cada vez que se realizaba por primera vez una pieza en cualquier localidad, por pequeña que fuese, era considerada de por sí un estreno. Y esto era muy desconcertante. Tan desconcertante que unos lustros después me pasaría quince años estrenando, porque rara vez se repite una función en un mismo sitio; salvo que la ciudad sea grande. En fin, reconozco que el tema es prolijo y que resulta fácil irme con él de paseo por los cerros de Úbeda. Mi natural tendencia a enrollarme como una persiana suele crecer con los nervios y conduce en ocasiones a precipicios, bosques y sembrados de los que parece imposible escapar. ¿Dónde estábamos? Ah, sí. Que es el último día de ensayos.

    Tampoco es que sea una verdad irrefutable. En el teatro se ensaya a menudo, así que no será el último. Pero sí que es verdad que esa sensación de que ya está todo listo para presentar por fin el espectáculo al público, de que está «todo el pescado vendido» —como dice Alfonso, el director de la obra, desde hace unos días—, esa impresión de que un riachuelo nace, va creciendo y desemboca de pronto en un río más grande, pues esa impresión no me la quito de encima. Y supongo que es debido a la cochina experiencia. A la necesidad que tenemos a veces de detener el tiempo, sobre todo cuando estamos disfrutando. Para que no se escape.

COSMOAGONÍA
Sábado 24 y 31 a las 21 hs.
Espacio Gromeló
En el Bar La Caja Tonta
Calle Comandante Repollés, 21