El Cuaderno de Sergio Plou

     


La Flecha del Tiempo ©



    A la doctora Aïsa Royo, microbióloga de prestigio y colaboradora del Proyecto Candela, se le ha cubierto siempre la lengua de flores hablando públicamente de Erika, mi compañera sentimental. Causa orgullo compartir la vida con una pareja cuyo intelecto posee la fuerza de un huracán, por eso creo que es de justicia comenzar estas páginas con una referencia periodística. Que una científica elogie a otra es un suceso agradable, pero en la desenfrenada carrera por la financiación de los proyectos nadie se detiene a cubrir de flores a una desconocida y Erika se merecía desde hace años los honores que Aïsa le dispensaba.  En el ámbito emocional, sin embargo, la doctora Royo hacía lo mismo que en los periódicos, entraba sin ninguna vergüenza en el campo de los sentimientos, ponía a prueba constantemente nuestra relación y reconozco que en más de una ocasión, de ser manco, la hubiera estrangulado con mis propios pies.

    Al principio se vendía por fascículos en mi cara, ya sea empleando los piropos tradicionales —¡estás que te sales!— como aplaudiendo sus extravagancias más simples —¡ qué de puta madre te sienta ese sombrero, condenada !—. Si Erika se sonrojaba, Aïsa lo interpretaba como un estímulo y cada estímulo se clavaba en mi corazón igual que una esquirla en los ojos de un minero de Botswana.

   Para entonces, los cientos de sombreros de Erika, su anárquica colección de raquetas de bádminton o su inigualable armario ropero competían en importancia con los cuidados que prodigaba a la huerta de su parcela. Todos y cada uno de sus tomates, incluso el melón de Villaconejos, que iba chupando durante el verano litros de agua sin crecer un centímetro, ocupaban un lugar en mi cariño. Había necesitado años de relación para sentir cada una de sus cosas en el fondo de mi alma y aquella recién llegada, al verla con uno de sus sombreros de fieltro, el de ala ancha, repentinamente sentía un ataque de envidia y soltaba: «De dónde lo has sacado, ¿me lo prestas?» Si Erika no daba su brazo a torcer, Aïsa transformaba su rabia en un juego de seducción. «¿Tendré que hacerte una llave?» , la retaba entonces. Erika, sin cortarse un pelo, la animaba a probar. Docenas de veces acabaron rodando por el suelo en plan grecorromana y nunca supe de verdad si Aïsa, con tanta llave de lucha, no estaría en el fondo encantada de haberle hecho otro tipo de llave, seguramente una copia de la llave de su domicilio, ese dúplex de diseño que mantenía en Madrid, frente a la boca de metro de Mar de Cristal. Verla entrar y salir de su apartamento la haría flotar un palmo del suelo. Lo sé porque a la hora de picarla, atiplaba la voz con una dulzura tan enervante que le faltaba un tris para comérsela cruda y dicha actitud, tan cristalina, me formaba una nubecilla negra en lo más hondo del cerebro. No era la única tormenta que se originaba allí. Esta mujer vivía una pasión de grueso formato, un delirio que la empujaba a deslizarse desde su silla hasta las más sucias baldosas de una cafetería, y arrobada por la evolución natural de los músculos de Erika y el nervio electrizante de sus tendones, disimulando que caía en trance, murmuraba: «pero fíjate cómo se mueve la muy jodida». Qué se puede hacer en tales circunstancias, ¿reírse? Aïsa interrumpía cualquier conversación, cualquier discurso por interesante que fuera, para enterarse de lo que hablaba Erika en otro corro. «¿Qué ha dicho ahora?»

  ¡Como si fuese sorda! Una vez informada de la ocurrencia me comentó sorprendida: «Es muy lista la bicha, ¿no crees?» La doctora Aïsa Royo no disimulaba sus intenciones. Parecía más colada que la leche en tetrabrick y uilizaba un lenguaje lumpen, patibulario, que en las orejas de Erika percutía melódicamente hasta conformar una alegre cancioncilla. «La muy jodida, la bicha», sonaban tan porno como si las hubiera pronunciado mi madre pero tenían la virtud de alegrar su corazón. La hacían reír. En aquella época nos reíamos poco juntos y para encubrir la tristeza, la impotencia que me entraba de verla tan contenta, decidí hacerme el loco sin resultar patético. No iba conmigo el hecho de marcar el territorio. Además, reconociendo que alguien me disputaba su cariño, y que yo no sabía cómo frenar aquél descaro, me hubiera expuesto a perderla. ¿O no? El amor, en cualquier caso, lleva su propia dinámica y como mi relación con Erika estaba pasada de vueltas sólo cabía salir al paso de las provocaciones, aunque tropezara en ridículos soberbios y yo solito me fuese descalificando. ¿Qué hice? Me subí a una silla y me puse a cacarear. Fue lamentable, lo reconozco. Ante la estupefacción de Aïsa, que nunca olvidaré, la expresión de mis celos fue tan chusca que en el corral se hizo de pronto un silencio espeso, ligeramente agrio y tendente al berrinche, circunstancia que me dejó sin recursos. Me vi colgado de la lámpara por los testículos. Sentí que me arrojarían después por las escaleras. Comprendí hasta el cuajo lo que es cagarla. Esta situación, sin embargo, condujo a Erika hacia un estado desopilante. De pronto noté sus ojos en mi cara y ya no los pudo despegar a causa del llanto. Recuperar aquella risa fue un bálsamo para mis sentidos. Recuperar la compostura costó más. Entre tanto aprendí que la doctora Royo era tan prolija en halagos como sorda ante la evidencia.

  Las carcajadas de Erika dibujaban un feo mensaje para mi competidora: aquel delicioso encane era la firma de nuestra felicidad. Fue breve la dicha, porque viendo el cariz que tomaba tuvimos que sacarla en volandas hasta la calle con el propósito de que le diera el aire y recuperara el aliento. Tanto Aïsa como yo sabíamos que de persistir en el regocijo se le desencajarían las mandíbulas. No hubiera sido la primera vez, pero no es agradable asistir a la recomposición. Igual que hay gente que hace crujir los nudillos, Erika se hace petar los maxilares sujetándose el mentón y la base del cráneo con ambas manos. Si de natural desconcierta, este fenómeno a mí se me debilitan mucho las constantes. Y debo decir que las constantes familiares de Tiago, que soy yo, tal vez la persona menos apasionante de estas páginas pero para mí la más querida, dibujaban entonces un amarillento desierto afectivo y mi vida laboral era un chiste de humor negro. Mi rutina diaria circulaba entre el insomnio, los cortes de digestión y una esdrújula sensación de estar perdido. Pero comenzaba a perder la vergüenza.

  Creí oportuno reconsiderar mis amistades en el Ambiente —y en el ambientillo científico en particular— dentro de un contexto distinto, más comprensivo y humilde. Me ayudó a tomar esta decisión el doctor Gustave Avril, sociólogo neozelandés al que tanto debo, que veía zozobrar la estabilidad emocional de Erika y con ella la estabilidad del proyecto entero. Gustave, joven y excéntrico, de pelo cortado a cepillo y mechas de color pistacho, me invitó a un trago de kawa 1 de su cantimplora fresca. Había traído desde Auckland un par de garrafas de esta pócima para intercambiar con los peruanos del Loreto más profundo. Dejó atrás la ciudad de Iquitos, donde nace el Amazonas, y se internó en la selva. Pensaba que el trueque de bebidas autóctonas, de manufactura casera, era una forma de adentrarse en sus comunidades perdidas y desarrollar una apacible relación internacional. Pensé de veras que no le fue difícil entablar allí una charla con nadie porque a los dos chupetones de kawa la lengua se me hizo de corcho y floreció mi encantadora sonrisa.

  — ¿Lo haces tú? – pregunté medio abobado.
  — 1/3 de taza con agua, 2 ó 3 cucharaditas de polvo de kawa y un par de zumo de limón—  respondió en castellano seco, como si fuese vascoparlante y tuviera que hacer un esfuerzo adicional de traducción—. Se agita después y se bebe lentamente. Muy despacio —me recalcó.


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1 Remedio popular de Oceanía que se obtiene del rizoma de un arbusto perenne, la Kawa, capaz de alcanzar los cinco metros de altura y cuya raíz pesa unos diez kilogramos. Sedante natural que se utiliza en el tratamiento de estados de ansiedad. Acción espasmolítica. Fortalece el sistema inmunológico. Ha demostrado su utilidad contra la migraña, el reúma y alivia además los síntomas del asma.
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  Le devolví la cantimplora y la enganchó a su bastón. Gustave era un tipo con recursos. La suerte soplaba a su espalda, cualquiera era capaz de percibir la soltura de sus gestos, representados aquella mañana  en la ingenua  autoridad  de su bastón. Se lo dejaron pasar al recinto arqueológico de Machu porque debido a su misteriosa belleza no se le ocurriría abandonarlo en cualquier esquina. Los vigilantes del Valle Sagrado estaban hartos de recoger a diario cientos de gayatas perdidas por los turistas y cuando el gobierno prohibió el acceso de las mismas se quitaron un granpeso de encima. Yo no. La legalidad vigente es la razón que adujo el portero para requisarme la vara. La compré en la plaza de Ollantaytambo por diez soles y me la devolvieron a la salida previa presentación de un boleto, de modo que no me sirvió para nada aunque todavía la conservo.

  — ¿Te sientes mejor?
  — Más … ¿auténtico? —contesté con sorna.

  Él sonrió de manera franca, nuestros huesos no habían recorrido miles de kilómetros sólo para charlar pero se imponía un receso. Me senté en el suelo contra una piedra para apoyar mi magullada espalda y extraje de la riñonera mi libreta de viaje. En seguida caí en la cuenta de que me faltaba algo. No sólo mi espalda estaba cansada, también mi vista, y busqué las gafas de corrección.
  —¿Cómo va tu novela? —Gustave apoyó su hermoso bastón y tomando asiento junto a mí extrajo un trapo de uno de sus múltiples bolsillos del pantalón, procediendo a bruñirse las botas con grasa de caballo.

  — Ya no es una novela —insinué.
  — ¿Ah, no?
  — Es la realidad novelada.
  — ¿Y no es siempre así? Quiero decir —matizó mientras sacaba lustre—, ¿acaso los escritores no hacen otra cosa que recrear la realidad?
  — Éso cuentan.
  — Entonces, ¿cuál es el problema?

   Hasta entonces no habíamos hablado de la existencia de ningún problema, a lo sumo de mi falta de orientación. No dejo de preguntarme, ¿dónde estoy yo? El mundo, tal y como lo concibo, se va derrumbando a cachos, por lustros y anualmente cada hoja que cae del calendario convierte la década en un paisaje ruinoso. Diez años después de entablar contacto con Erika, me sentía frágil, atrapado por la vorágine de los acontecimientos y al borde de un precipicio depresivo. Gustave me ayudó a comprender que no era distinto por sentirme desvalido, que la penuria es una sensación que transmite cualquier niño durante su infancia. A medida que se desarrolla el individuo se atempera el chiquillo que llevamos en nuestro interior. O así cabe esperar.
  — En cualquier caso —aventuré—, ningún ser humano escarmienta.
  — Menos mal —concluyó Gustave— . El Principio Coperniquiano 2 sigue dictando las normas.
  — ¿Así de simple?
  —Así de sencillo. El Tiempo es poco elástico y ahora todavía menos —afirmó Gustave empinando su cantimplora. Un clip atravesaba el cartílago de su oreja izquierda. Se percató de que lo estaba mirando y comentó con gracejo que él era sociólogo, no psiquiatra—.  Si quieres avanzar deprisa y profundizar en la realidad que tienes delante —aconsejó—, debes visitar a un profesional.
    Y para mi asombro escribió en mi libreta de viaje y con mi propio bolígrafo la dirección del doctor Izuzquiza, un médico de mi tierra al que yo conocía desde que vine al mundo. No fue éste el único de sus consejos. A sus veintiséis años y mientras se lustraba las botas, Gustave me hizo entender también que, al contrario de lo que se piensa, comportarse sin complejos entre tanta gente doctorada es muy sencillo, máxime si presumen de amistad, como es el caso. Otro asunto son los idiomas. Yo era el nuevo y nunca dejaría de serlo. No sólo porque mi inglés fuera idiota —aunque la mayoría de los integrantes del Proyecto Candela hablasen un castellano correcto— sino también porque ejercía de consorte. Un consorte en entredicho y que además carecía de base matemática. O simplemente base, como diría mi padre. Mi padre no encontró en mi cabeza otra cosa que pajaritos.


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2 «Nuestra observación es improbable que resulte especial entre otras similares». Nicolás Copérnico, Principio Heliotrópico.
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    Todavía no he descubierto quién los puso allí ni porqué cerró la jaula, pero estaba atravesando la crisis de los cuarenta y no encontraba mi sitio. No sólo en El Proyecto, sino en el corazón de Erika, «mujer fascinante donde las haya, imaginación fértil y matemática prodigiosa», por supuesto, no seré yo quien lo ponga en duda. Y menos ahora, que tengo todo el material sobre mi mesa. Ahora que el puzle encaja, que leo y vuelvo a releer el ejemplar de «Perú Imposible», periódico sensacionalista como pocos. Justo ahora daría las gracias a aquel estúpido reportero que tuvo la ocurrencia de preguntarle a Aïsa Royo sobre las andanzas de Erika. Si se hubiera dirigido a mí no habría sabido describirlo mejor. Sólo entendía entonces la mitad de la mitad.

  Recuerdo que no se oía un alma en la ciudad perdida de Machu Picchu, a lo sumo el viento, que resbalaba por la explanada de la Intipampa. Erika, ataviada como una mamacuna 3 de hace más de mil años, se despojó de su pesada manta ceremonial y la extendió ingenuamente en el suelo de piedra, luego se giró hacia nosotros con los brazos abiertos y los ojos cerrados buscando el Sol. Su gesto me puso la piel de gallina. Estaba radiante y segura,  brillaba igual que un fotón al entrar en un Horizonte de Cauchy. Sus sueños de juventud se hacían realidad junto al espolón granítico del Intihuatana, uno de los más viejos observatorios astronómicos del planteta. Había elegido este lugar como prueba de su experimento y Jòn Sveinsson le concedería en Cuzco, al día siguiente, la mención honoris causa por la Universidad de Reykiavik. Esta mención se convirtió en el mejor de los pasaportes cuando tuve que escapar por pies de mi propia ciudad, cuando no imaginaba todavía en qué me estaba metiendo.

  Allá en el Perú la veía moverse con naturalidad, la notaba satisfecha, aunque me hacía sentir escalofríos. No ya por la altura a la que estábamos realmente —que era letal para mi vértigo— sino por la dimensión de sus abstracciones. Nos habíamos congregado siete  personas allí, cada una hija de su madre, pero sólo Erika estaba poseída por una misteriosa aureola de sacrificio. La misma que le hizo cerrar los ojos cuando una noche nos quedamos a solas en su parcela, junto al taller. El taller entonces era tan solo el cuarto de los trastos, el lugar donde apilaba Erika con cierto desorden multitud de aperos de labranza. Llamaba mucho más mi atención el bloque anexo, perfectamente disimulado en el catastrófico entorno del vecindario, una construcción destinada a convertirse en corral y que había sido abandonada con el paso de los años. Al anexo se entraba desde el taller pero no desde este siglo. Tal vez desde otro, porque la puerta estaba tapiada. La tapia venía a fortalecer la estructura y para mantenerla en pie, según el dueño, había cegado las ventanas y sembrado de puntales el interior. Erika, como yo, vivía de alquiler. Ella en aquella apartada parcela y yo en un entresuelo del centro, con frecuencia dormíamos juntos pero rara vez sabíamos con suficiente antelación en cuál de las dos casas reposarían nuestros huesos. Esa noche estábamos cómodamente sentados en las tumbonas de un eufemismo. Me refiero a su jardín. El jardín todavía era un páramo de piedras y cemento a la sombra de una higuera, un espacio desalentador al que en el trascurso de una década le saldría un huerto, multitud de flores y plantas aromáticas, además de una fabulosa enredadera que acabaría cubriendo el taller, su anexo y las tapias colindantes de un lustre vegetal en permamente crecida. Bien cerca de la pared de ladrillos, donde se amontonaban las brasas y los restos de la madera ardiendo, reposaban nuestros cuerpos tras una jornada agotadora. Ocurrió tras la última chuletada con sus amigas, antes de que llegase al valle el frío otoño de 1995. Un valle lejos de Perú, en la Europa mediterránea, justo al nordeste de la península ibérica. Serían las dos de la madrugada en aquella ciudad provinciana que aún no llegaba al millón de almas y Manu, su gato silvestre, roía un par de costillas al calor de la lumbre. Erika, mirando el cielo cubierto de estrellas, me dijo con voz grave:

  — La luz que entraba en un agujero negro no salía jamás y se ha probado que es falso.

  A mí se me heló la sangre. No por el concepto sino por la interpretación. Tras una cena lardera esperaba un chascarrillo inútil, jamás se me hubiera ocurrido empezar una árida charla científica con cierto aire ensoñador. Una sobremesa ligera promueve la risa y el eructo, facilita al estómago su tarea y genera bienestar. El bienestar, de manera ocasional, confluye en el romanticismo y el romanticismo, para los hombres, es la antesala del coito. Mientras contemplábamos las estrellas, hablando de luces y agujeros negros, se me antojó que estábamos entrando aprisa en el territorio de las sombras y no precisamente en el de los arrumacos. Hablaba con una fatiga melodramática, una fórmula que acostumbra a provocarme acidez, y ella debió de notarlo.


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3 Del quechua «mama» —madre— con la terminación plural —kuna. Entre los antiguos incas, cada una de las ancianas dedicadas al servicio de los templos, y a cuyo cuidado estaban las vírgenes del Sol.
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    En otras circunstancias se hubiera subido por las paredes, no soportaba que la interrumpieran cuando tenía la palabra. Bastaba una tensión muscular, un temblor de miedo o de frío, para sacarla de sus comentarios. Esta vez, sin embargo, fue distinto y me tomó de la mano.
   — La fuerza de la gravedad es allí tan monstruosa —musitó—, que sólo la luz que viaje en sus inmediaciones puede curvarse 180º y regresar a la Tierra.

   No pude evitar mirarla de reojo, como si estuviera loca, pero suspiré con alivio. Hablaba con los ojos cerrados, dejando fluir sus palabras. Tal vez empleó ciertas formas verbales, las que suelen ofrecer algún resquicio de éxito, pero se tornaron dudosas ante mi falta de discernimiento. El meollo profesional de Erika era entonces dificil de asumir y ella lo sabía, así que no he encontrado otra forma de desgranarlo salvo la de comenzar por el principio. Su historia no se encuadra en el conflicto de géneros sino también en el de los números, y es difícil para un sujeto como yo atisbar si quiera lo que representa para la humanidad el descubrimiento de la «geometría de los espacios curvos hiperdimensionales» o el manejo del tensor en «la curvatura de Riemann».
   Cuánto llevábamos juntos, ¿tres meses? Apenas tres caóticos meses. Ella tendría 34 años y yo cuarenta. Si a los cuarenta todavía tienes fallos al hacer la cuenta de la compra, los doscientos cincuenta y seis componentes matemáticos que establecen la curvatura del espacio-tiempo es probable que te parezcan el cuento de Aladino. De primeras no resulta preocupante pero con el trascurso de los años mi ignorancia es tan persistente que, según el día, hasta me pongo terco. Me veo discutiendo sobre las patas de un banco igual que me pierdo hablando, por ejemplo, del uso de la perifrástica pasiva, un tiempo verbal que Erika ni siquiera sospecha que utiliza en ocasiones. Lo siento, no tuve otra forma de compensar el desequilibrio de nuestras neuronas. Lo más habitual es que nos enfrascáramos en improductivos monólogos sobre nuestros respectivos trabajos, faenas cuyo salario nos permitía cubrir necesidades básicas y dedicar después un rato a lo que de veras nos importaba. Las horas que podíamos roer al sueño y al descanso eran los restos de una tripada, el tuétano de la vida. El tuétano que su gato silvestre devoraba con fruicción, ajeno al dinero, el alquiler o los electrodomésticos. Esos trabajos que parecían lápidas de una maldición, tapaderas de nuestras auténticas profesiones que, mutiladas, arrinconadas, ejercían distinta presión sobre nosotros. Yo la escuchaba sabiendo que dentro de una hora, a las cuatro de la madrugada, y si quería llegar a fin de mes, tendría que levantarme de la cama para acudir al Agujero. Supuse que el agujero negro del que ella me hablaba y el Agujero mondo y lirondo del que hablaba yo, la fábrica donde desgastaba mi voluntad a diario, de algún modo eran comparables, pero era tal mi dolor que me restaba sensibilidad para apreciar el suyo.
  — ¿Sabes cuál es el agujero negro más próximo? —continuó Erika mientras avivaba las brasas.
   En alguna ocasión habíamos hablado de astronomía leyendo en los periódicos el último patinazo de Stephen Hawking o entreteniendo la lengua tras contemplar una película de ciencia ficción, pero mis conocimientos reales no es que fueran nulos sino más bien imaginarios.
  — Se llama Cisne X-1 —explicó sonriendo. En su sonrisa había una mezcla nerviosa de contento y tristeza—. La masa de X-1 es siete veces la de nuestro sol y está a ocho mil años luz de distancia.

  Intenté hacerme a la idea. Había leído que un fotón emitido desde la Tierra en el año 14.000 —antes de un señor al que apodan Cristo— podría haber viajado hasta ese agujero negro y, tras haberlo rodeado haciendo un giro en U, regresar a la Tierra en el año 2000. No sé de dónde diablos podría salir el fotón, a duras penas me llega el riego al cerebro para imaginar una luciérnaga enana pero, a su juicio, un viaje de estas características proporcionaría una magnífica fotografía del mundo en el pasado.

  — Desgraciadamente el agujero negro X-1 de la galaxia del Cisne es muy pequeño.
  — Menos mal —repuse—, los agujeros grandes son tan voraces que me dan grima.

   Erika chasqueó la lengua.

  — La fracción de todos los fotones emitidos por la Tierra que llegan hasta allí —prosiguió— es diminuta. Y la proporción de los que realmente regresan, más despreciable todavía.
  — ¿Despreciable?
  — Si hacemos números —y de hecho comenzó a garabatear con un tizón sobre el cemento— es probable que ni un solo fotón de los emitidos por nuestro planeta haya regresado tras alcanzar el Cisne en toda la historia de ambos astros.

   A mí el Cisne me recordó un restaurante de cierta solera que habían abierto hace lustros a las afueras de la ciudad, un local al que conviene no ir andando y menos aún con la tripa llena. Erika, aquella noche estrellada, estaba sumergida en una dulzura inexplicable y no se dio cuenta de que Manu, su gato silvestre, dueño y señor del jardín que estaba por nacer, ya exigía peaje sexual al resto de los mininos que poblaban el barrio. No hacía distingos. A lo largo de la velada y al olor de la parrilla se habían ido congregando media docena de sombras maullantes sobre la tapia esperando acabar con los restos y aunque las tuvimos encima Erika no dejó de hacer números por todas partes. Jamás hasta entonces había asistido al rapto de un ser humano por una formulación matemática. Registré en mi escueta memoria aquella imagen tan sugerente como inapropiada. Las rastas le colgaban por la frente y al apartárselas de la cara se tiznaba de negro los carrillos, ofreciendo así un aire ausente, sucio y desgarbado, de camuflaje. En una extensión de sesenta metros cuadrados lo dejó todo perdido de carboncillo, incluidos los asientos y los respaldos de las quince sillas de tijera, las que había desplegado para cenar en su proyecto de jardín para todas sus amigas. A la luz de la luna y rodeado de gatos seguramente infecciosos me sentí solo, acorralado en ecuaciones infinitas, confundido en un charco de letras griegas y dibujos enloquecidos, mientras aquella mujer se arrastraba por el duro hormigón de su parcela. Ora como un felino, ora como una lombriz, Erika Sixto —KaSix en el estrecho círculo de sus amistades científicas— era un ciclón marciano y polvoriento, un fenómeno de la naturaleza nocturna que se retroalimentaba a golpe de fracciones, potencias, integrales y logaritmos. Su ensimismamiento llegó a tal extremo que de pronto se puso rígida, se me quedó mirando y noté que no estaba allí. Ni yo ni ella. Han transcurrido diez años desde entonces y aquella mañana resplandeciente en Machu Picchu se movía con la misma serenidad y la misma ausencia de aquella mirada perdida. Más que una punzada de amor sentí la parálisis del pánico.

   A un par de metros de ella, Gustave Abril empuñaba el Gnomon, una preciosa réplica del antiguo palo vertical que medía en el antiguo Egipto la altura del Sol a partir de la proyección de su sombra, y que le sirvió de ayuda en el ascenso.

   Aïsa, siendo más impulsiva que yo, supo guardar el aplomo. La envidiaba en secreto. De lengua traviesa y vivaracha, muy sagaz, a sus cincuenta y un años de edad y ciento sesenta centímetros de estatura, nunca se quedó afónica. Yo sí. Al verla en el mercado de Pisac, en el Perú, junto a la piedra de lapislázuli que estaba adquiriendo por 60 Nuevos Soles —al cambio una bagatela, un precio irrisorio— pensé de inmediato que la persona en cuestión estaba enamorada y no precisamente de mí. Este tipo de hallazgos me enorgullecen por un lado y por otro me ponen nervioso. Que haya una mujer dispuesta a beber los vientos por la tuya, entendiendo este concepto de posesión desde un punto de vista pueril, es un engorro, porque bastantes moscones merodeaban a su alrededor como para ampliar el campo de pretendientes.

   Mi nueva competidora podía sentirse madura e incluso bajita pero gozaba de múltiples recursos. Un ahínco tozudo, molecular, y un tesoro semejante a la piedra filosofal de los antiguos alquimistas: su curiosidad infinita. A Erika estas cualidades le llamaron siempre la atención, así que trabajando codo con codo habrían espiado juntas a través de un microscopio, igual que hace un fisgón por el ojo de una cerradura, tarea que aproxima bastante los rostros y hace oler los perfumes, aparte de ir conociendo las células en la intimidad. Aïsa, mujer de paciencia irreductible, se dedicaba a observar las células bajo la lente del microscopio. Se iban dividiendo hasta un total de cincuenta veces, cuyos telómeros se acortaban y se esfumaban, de modo que una vez formado el organismo comenzaba la cuenta atrás.
  «El final de nuestra existencia está programado desde que comenzamos a vivir. Sólo interesamos a la naturaleza para reproducirnos, cuando se pasa este periodo sencillamente envejecemos».

   Ésta fue la explicación que concedió en exclusiva a la revista Newton y que se publicó en abril de 2001, justo el año en que Erika Sixto y Aïsa Royo iniciaron su colaboración en el Proyecto Candela. No fue ninguna casualidad. Desde entonces, la voluntad de tan insigne microbióloga nos permite ir comprendiendo las causas de un proceso que parece inevitable: la muerte. Nunca hemos sido los seres humanos tan longevos y sin embargo tan miedicas. Ocurre que este suceso tan luctuoso puede retardarse con la ayuda de una enzima, una sustancia que actúa como catalizador de los procesos metabólicos: la telomerasa.

   Telomerasa a parte, ¿qué tenía yo que no tuviera «la Micro»? Esa misma pregunta se hacía ella conmigo. Me veía como un viva la virgen. Un «sinsustancia». Ninguno de los dos puso en juego la textura de sus carnes  porque esa cualidad, siendo del montón, nos rebotaba. Menos mal que Erika no funciona por preguntas, es otro su combustible. Resulta que la telomerasa convierte nuestras células en inmortales y en este planeta, si una célula se rebela y se divide inmortalmente, surge un tumor, que provoca la desaparición del individuo. En momentos bajos se puede desear que le crezca un tumor a alguien, aunque no precisamente a Aïsa Royo, que lleva muy mal la existencia del cáncer. El cáncer, siendo niña, devoró una noche a su madre y en sueños continúa hablando con ella, contándole sus miedos y compartiendo su soledad. Al quedarse huérfana comenzó a despreciar internamente el concepto de autoridad que representa morir, circunstancia que la condujo a entender las enfermedades como un fracaso médico. Y a mí también. De hecho, cuando quiero devolverle alguna jugarreta le pregunto en plan gaznápiro que a ver cuándo descubre la inmortalidad. Que ya va siendo hora. Al igual que la mayoría de los «universalistas», la doctora Aïsa mantiene que la investigación es una herramienta de progreso y defiende esta mentalidad en cualquier ámbito de forma constante pero discreta. Sin sobresaltos. A mí me interesa llegar a viejo cuanto más tarde mejor, ¿a quién no? Era imposible no estar de acuerdo con ella, es más, hubiera tenido que preguntarle si el laboratorio donde trabaja admite donativos. Feminista de discurso paciente, descubridora infatigable de prejuicios, «la Micro» se gana la confianza de su interlocutor bajo una directriz infalible: lograr que sus puntos flacos queden expuestos. No puede evitarlo, es una deformación profesional. Mis puntos flacos, seguramente no eran tantos, pero les sacó todo el jugo que pudo. Bastaba una conversación a tres, estimulante y provocativa, para que mis conductas sociales bajasen la guardia y a su juicio se despojaran del disfraz, quedando yo con el culo al aire, escandalizado por cualquier simpleza y cayendo por mi peso en la trampa. Lo que dijera desde ese momento me convertía en culpable y así me señalaba a ojos de Erika, para que descubriese mi auténtico ser. No me pillaba de nuevas, aunque es desagradable la peña que va por ahí sintiéndose una linterna. En el Ambiente de Erika, por el mero hecho de ser hombre eres también sospechoso y en lo álgido de cualquier discusión me convertía de pronto en el capazo de las hostias. Dicta el patrón que todos los hombres somos iguales. Es un clásico que comprendo, aunque no me sirve. Como tampoco tengo alma de confesor suelo afirmar en mi legítima defensa que los hombres me aburren soberanamente y que si aspiro a algo es a vivir en un mundo de personas, pero como argumento resulta tan poco convincente que propicia el cinismo. Si pensaba así, ¿porqué no me presentaba a algún premio?

  Antes de llegar a Perú, Aïsa Royo tuvo la oportunidad de contactar con Sere Hite en Montreal y entablaron allí una amigable conversación acerca de la «Idea de Trampa», charla que la obligó a tomarse en el futuro ciertas situaciones con más sentido del humor. Llegaron a la tierna tesis de que tras cada trampa subyace una ilusión de justicia. Desgraciadamente la justicia real, en la vida cotidiana, no existe, y las mujeres, recuerda que le dijo Hite aquella noche tomando una copa en el bar del hotel Delta Centre, en el último piso, nos empeñamos en pillar a los hombres en falso. Tarea inútil, ya que ellos tratan la sinceridad igual que un niño la plastelina. Hablar de Trampas, pues, y hablar de Honor es hablar de estrategias. Las estrategias nos alejan de la naturalidad.

  — Aceptemos que nuestros hombres no quieren escuchar. Hagamos la prueba y maniobremos en consecuencia —arengó Sere Hite a la tribuna el día siguiente a su conversación.

  Eran las doce de la mañana y el sol entraba por los enormes ventanales del Palais des Congrés, emblemático edificio de transparencias a orillas del río san Lorenzo, en L´Esplanade. Todavía estaba bajando del estrado Mona Sahlin, la ministra sueca de Igualdad de Género, que ante las palabras de Hite no daba crédito a lo que iban escuchando sus oídos. La psicóloga americana, a su edad,  le parecía más  una agitadora  que una científica. El XVII Congreso Mundial  de Sexología, organizado por el Foro Canadiense de Investigación y el Hospital General, llegaba a su fin en mitad de una trifulca política y Aïsa Royo, de madrugada, cogería un vuelo a Perú. Se sentía cansada pero estaba atenta. El listón había quedado alto y los rumores se extendían por la sala ante la cercanía del almuerzo.

  — ¿Queremos ver un prejuicio recurrente? —continuó Hite—. Hagamos un experimento sencillo, niéguense ustedes durante unos días a depilarse los sobacos o «hacerse» las piernas y observen después lo que ocurre.

  El debate estimulado por la sueca, en cuyo país la prostitución estaba prohibida, giró de pronto hacia un contexto muy personal, sin conexión aparente. La depilación, para la doctora Aïsa, era un hábito triste, digno de entrar por derecho en la ya larga Lista de Crueldades Innecesarias. Estaba a favor de votar la propuesta, aunque los colectivos que consideraban el hecho como algo ridículo impedían la votación. «La Micro» llegó a pensar que Sere Hite no conectaba, y comenzó a jugar con una liga del pelo. Depilarse o no era en el fondo una tontería, nada comparable a los malos tratos o la ablación de clítoris. Es obvio. Pero a menudo, la magnitud de las salvajadas eclipsa las pequeñas humillaciones. Doña Aïsa había sufrido un episodio relacionado con este asunto, aunque fuese por persona interpuesta, y se veía cargada de razones para apoyar la irónica idea de Hite. Lo habló con ella en la Tour de Ville, mientras el restaurante giratorio se desplazaba muy lentamente en círculo ofreciendo a las dos mujeres una romántica panorámica nocturna de Montreal. Frente a la isla de santa Helena y el puente de la Concordia, le comunicó a Hite los problemas menos simpáticos de su profesión. Era una confidencia. Y ahora, sin comerlo ni beberlo, Hite expuso este hallazgo a la tribuna del Foro, que invitaron a Aïsa Royo a subir al estrado.

  — El presidente de la fundación estatal que rige el destino del laboratorio donde trabajo – comenzó a hablar la Micro en castellano, circunstancia que hizo a muchas de las presentes buscar los cascos de traducción simultánea 4 —, se dirigió a mí hace unos días de forma tan imbécil que me he visto en la obligación de responder. Lo hice por escrito y de mi puño y letra, pues se trataba de una carta estrictamente confidencial. En la misma hacía constar que si una becaria del instituto que dirijo acude a trabajar en minifalda no es una cuestión de mi incumbencia. No existe confusión entre la ropa de calle y la indumentaria del laboratorio, de la misma manera que la higiene y la estética son conceptos distintos. Pero en todo este lamentable asunto, la depilación es  un detalle a considerar. A considerar por instancias superiores, se sobrentiende. Como directora del Instituto Nacional de Biotecnología nunca me interesó tener por encima a un jefe obsesionado por  una de mis más brillantes cachorras, de modo que le aconsejé que se lo hiciera mirar. Y cuanto antes.
  Al día siguiente, «la Micro» tenía sobre la mesa un informe del psicólogo que comenzaba a tratar a su presidente, al que dibujó como un tripacoco, un patán del gremio de los chupatintas, el baboso de toda la vida. Hizo una fotocopia del informe  y lo adjuntó  por vía de urgencia al ministerio. Le quemaba en las manos tanta responsabilidad. Era preocupante el número de mentes enfermas que podrían estar ocupando espacios de poder, indefectiblemente del género masculino, y utilizarlo en su beneficio. Expuso la doctora Aïsa Royo este suceso a sus compañeras como un lamentable ejemplo de «Regresión de Género», donde la actitud de su jefe denotaba rasgos de misóginia en centros punteros de investigación científica.

  — No se trataba ya de que la becaria acudiera en minifalda, y esta circunstancia nublara la mente de mi depravado presidente, sino que la muchacha lo hiciera sin depilar. ¿Acaso es un delito? —preguntó en voz alta—. ¿Hay que depilarse a la fuerza por alguna razón? ¿Y hasta dónde hay que depilarse? Repasando el currículo de mi becaria, acepto que dudé y que para salir de dudas pregunté a la interesada. La interesada desconoce la causa que llevó al presidente a fijarse en ella, pero había observado que no depilarse le funcionaba… Era un ahuyentador eficaz.

  Aquella mañana, con su declaración a la Tribuna del Foro, Aïsa Royo se sintió protagonista de una historia extraña. Comprendía el valor de las pequeñas denuncias, y así lo habló con Hite en estos términos, tras la cena en la Tour de Ville, el bar-restaurante del Delta Center. Le comentó que las científicas, como cualquier otra mujer, tenían la vida profesional trufada de acontecimientos masculinos pero que dudaba del interés de tales episodios ante situaciones verdaderamente graves, que exigen una posición inmediata.

  Hite, como en sus viejos tiempos, extrajo una pitillera de su bolso de cuero y prendió un cigarro, entonces todavía se podía fumar en los espacios públicos. Aunque los homosexuales no tuvieran derecho al matrimonio, ni hubiese estadísticas siquiera sobre el número de mujeres asesinadas por sus novios o sus maridos, se permitía inmolar los pulmones propios y ajenos mediante hábitos nicotínicos. El Estado canadiense, en este tipo de suicidios asistidos, ahora solamente admite su práctica domiciliaria o al raso, nunca en un comedor.

  — De todas formas, querida Aïsa —dijo en un inglés coloquial—, no he venido a cenar contigo esta noche para someterte a una sesión de TREC 5 .


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4 Cuaderno del Foro.
5 Terapia Racional Emotivo Conductual. Informe Sere Hite. Desórdenes emocionales.

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  — Tampoco a ligar conmigo, ¿verdad Sere?
  — No eres la mujer de mi vida, reina mora. Además —ironizó Hite—, tengo entendido que andas detrás de una chorba de 36 años, ¿no? Un poco talludita para tu gusto, ¿ya estás chocha?
  — Será el climaterio, que me tiene muerta —disimuló Aïsa.
  — Tú sabrás —atajó Hite con el cigarrillo en la boca. Deslizó sus manos huesudas dentro del bolso y extrajo con marcada parsimonia un sobre voluminoso que tenía el membrete del MIT, el Instituto Tecnológico de Massachussets—. Es para Jòn – le dijo—. Una invitación a la americana.
  —¿Confidencial? —subrayó Aïsa a punto de rasgar el sobre.
  —Por supuesto —susurró Hite mirándola a los ojos. Luego contó hasta tres y soltó una carcajada.

   Entre risas  lo abrieron  sin ningún pudor, no sólo para demostrar  la importacia  del cauce elegido sino también para no defraudar las expectativas, sintiendo así que movían el mundo y la Historia giraba  en sus anillos. Los anillos de Hite, según nos confesó Aïsa  en el Mercado de Pisac, sentados sol frente a una mesita entre los tenderetes, eran antiguos. Los habían llevado antes ancianas de países remotos, de los que hay que buscar en un atlas porque cambiaron de nombre o ya no existen. De Sikkim a Babilonia, desde Persia a Siam. Y tan lejanos como Mongolia. Todos los anillos eran pequeños y simples, una docena distribuidos emocionalmente por sus dedos. Aïsa tan solo tenía dos, en oro rojo, a escala de su ADN y ARN, regalo de su tesis doctoral. Los mandó labrar su padre a un gemólogo, y ella los luce con orgullo, uno en cada dedo corazón, porque Aïsa es tan hortera que luce en un broche el holograma de sus mitocondrias.

   Erika, a su lado, resulta menos esnob aunque más excéntrica. Durante su carrera universitaria sufrió la aplastante presencia de un padre, dos abuelos y tres hermanos, cuatro tíos, media docena de primos e innumerables novios científicos. Tanto hombre merodeando a su alrededor con el ánimo de aleccionarla en las distintas ramas de la física y la matemática, puede acabar con la paciencia de cualquier muchacha, así que no me extraña que llevase colgado al cuello el hueso del pene de un perro.

   Aïsa era lo más parecido a una madre que había tenido nunca. Aprendió de ella a relacionarse en el ambientillo de los empollones con cierta corrección pero sin traicionarse y representó en su vida científica un soplo de curiosidad y de aire fresco. Al ocuparse de distintos campos de investigación, jamás hubo competencia entre ellas. Todo parecía estar limpio y en orden, sin ensoñaciones de poder. Se enseñaban mutuamente sus avances y así conoció los entresijos de la telomerasa, que no sólo era un complejo de proteínas y ácido ribonucleico, sino también una enzima extraordinaria. A su lado observó que durante cada ciclo de división celular se produce un acortamiento de los telómeros, con lo que se pierden entre cincuenta y doscientos nucleótidos. Comprendió que dicha pérdida, por lo visto, se debe a la incapacidad de la polimerasa para replicar los extremos de las moléculas de ADN. La telomerasa es tan activa en células fetales que mantiene allí un alto nivel de proliferación, pero escasea entre los adultos. Se hicieron pruebas en la tripulación del Concorde, la desaparecida compañía aérea francesa que cubría los vuelos interoceánicos, también con pilotos de las fuerzas armadas que atraviesan con frecuencia la barrera del sonido. Pero, ¿qué ocurriría a la velocidad de la luz? Erika no supo contestarle. Entendía que la pérdida de nucleótidos, a esa velocidad, sería reversible. Para explicárselo le habló del Espacio De Sitter, del Efecto Túnel y el Universo de Gott, donde un bucle en el Tiempo permite a La Universo ser su propia madre. Así se fueron conociendo. Erika me lo contaba con agitación cada día que hablaba con Aïsa utilizando el Skype por internet. La misma agitación y contento que mostraba delante de ella en Pisac, cuando «la Micro» nos habló de su charla con Hite, del Congreso de Sexología en Canadá y del misterioso sobre que llevaba encima para Jòn. Aïsa era entonces una mujer importante en su vida. Incluso en materias tan tontas como la depilación, Erika manejaba sus sobacos de la misma manera. Quien haya de fijarse en sus encantos tendrá que buscar en su corazón porque su cuerpo, en sabia armonía, no admite intromisiones. La intimidad personal es innata y corre por su cuenta.

   Doy fe. Quien se haya depilado los testículos —con motivo, por ejemplo, de una vasectomía—, entenderá que las pilosidades crecen justo donde deben y que se agradece que sigan creciendo. A Erika le resulta cómodo y rebelde y a «la Micro» no se lo prohíbe ni se lo exige su religión, nunca se sintió mahometana. No le compensa. En Casablanca, lugar donde casualmente nació tan ilustre bióloga, las mujeres no tienen ese problema y en el Sáhara, la patria olvidada de su difunta madre, la textura de su piel es tan suave y delicada como el algodón.

   Erika me presentó a «la Micro» durante el viaje, cuando la encontramos en el mercado de Pisac. Al verse ambas en el Perú, sin tirar de Skype ni de webcam, tras largo periodo de correspondencia electrónica, se produjo una reacción magnética. Siendo tan delicada en sus gestos, la microbióloga se descoyuntó al verla y yo me sentí de repente borrado del mapa.

   La directora del Instituto Nacional de Microbiologia, procaz en las conversaciones privadas, casi hiriente, tuvo la primera constancia de que Erika Sixto—KaSix, como ella la llamaba— no era un ser quimérico sino hiperactivo, gracias al Banco de Datos del doctor Jón Sveinsson. Jón, siempre Jón, —el «Hombre Nuevo»— es un astrofísico islandés cuyo don de la ubicuidad resulta proverbial en Europa entera. Un hombre que mira a los ojos con limpieza,  con la indiferente sexualidad de un hijo o la amigable sonrisa de un querubín. El maniático de Jón se empeñó en resaltar la escasa importancia que la biología estaba teniendo en el Proyecto Candela y puso a disposición de Erika una lista con diez departamentos internacionales de investigación interesados en colaborar. Así es como Erika conoció a Aïsa Royo, por medio de un banco de datos, y por eso me la presentó como su madre científica en medio del mercado, calificativo cariñoso que ella recibió en lo más profundo de su corazón como una dentellada. Lo intentó volver del revés, dejando que la madre científica se convirtiera de pronto en una madre incestuosa, pero la torpeza de sus caricias en el abrazo que se dieron generó en Erika un mar de cosquillas y carcajadas.

   En el Banco de Datos de Jón, el currículo de Aïsa Royo, por su trayectoria profesional y activismo contra las discriminaciones de género, en seguida despertó el interés de KaSix.  Hija de un químico coruñés, empleado en las minas de fosfatos de Sidi Ifni, y de una enfermera saharaui de El Aaiún, Aïsa siempre se había sentido «encadenada a las dunas del desierto, el más cálido productor de espejismos que existe en el planeta» 6 . De rasgos árabes e hipnóticos ojos negros, aunque tirando a bajita, la doctora Aïsa Royo se refugiaba el día que la conocí bajo un jersey de lana y parecía decirme con la mirada de un halcón que no me interpusiera en su camino. Su camino, ni más ni menos, era la llave de la inmortalidad. A esta investigación dedicó la mayor parte de su Tiempo, y en ella estaba a punto de aportar Erika una dimensión diferente.
    Si le hubieran preguntado en cambio al viejo doctor Blyth sobre el trabajo o la personalidad de Erika, no sacaríamos conclusiones coherentes. Primero, porque es uno de los físicos teóricos más peludos que conozco. Un calvo que se pasa la depilady, su vicio inconfesable. Y segundo, porque la firmeza de nalgas es una cualidad básica para este honorable sujeto, a mi modo de ver un pobre loco, pero según «la Micro» un carcamal que no domina sus impulsos. Cuando están juntos, el cinismo de la Royo y el sarcasmo de Greenock construyen un yo-yó. Ella se derrite en silencio al contemplar los ojos azules de Erika, las clavículas que señalan el inicio de sus senos y sus sinuosas caderas. A Blyth Greenock, sin embargo, la hechizante historia de Erika le transporta quince años atrás, lejos del Presente, al comienzo de un Horizonte de Cauchy y con la pizarra vacía, cuando sus ojos acabaron tropezando en los glúteos de una alumna.

    La Incertidumbre se declaró en el tercer asiento empezando a contar por su izquierda, en la octava fila de pupitres. Desde aquella extensa bancada que giraba en semicículo alrededor de su cátedra de Oxford, se levantaron entonces las posaderas de aquella impetuosa española. Beca Erasmus, segunda en su promoción y a partir de entonces vendaval de pasiones. Se había hecho notar la joven durante la jornada anterior. En la cafetería la vio discutir de lo que ella denominaba «Política Matemática». Llamó su atención el lenguaje áspero y vulgar de sus modales angulosos. Subrayaba su altanera conversación mediante una risa irritante o azotándose provocativamente las nalgas. De esta forma tan poco ortodoxa, la «lumpen-matemática» logró hacerse un hueco entre los sabiohondos. No bajaba los escalones aquella mujer para ir al lavabo, sino que se dirigía directamente hacia él. De igual a igual. Vistiendo la ropa que según ella encontraba en la basura, pues no gastaba una libra en llenar su armario. Para qué. Los ingleses se deshacían de prendas en perfecto estado,  vestuario de marca,  incluso de cuero negro,  como aquel pantalón  entallado y sucio,  con larga vida en sus costuras, que con tanta concreción delimitaba ahora su silueta. Blyth Greenock sintió que aquella acción determinista vaciaba el suelo bajo sus pies. Que se levantaban los clavos de la tarima al paso de aquella hembra tan bien plantada y que un alcohólico de su temperamento no sabría o no podría frenar semejante arrogancia. Tal vez se lo impidió una marea gravitatoria. Tal vez los efectos de la resaca. Erika me ha contado esta historia cientos de veces y siempre se ha referido al hecho como «un acto de piedad».


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6 «El desierto de la Longevidad»,  BioMake Editions Ltd. .Nueva York. 2002. Aïsa Royo ©. Uno de los libros de cabecera de Erika Sixto.

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    «Desde que entró por la puerta me olí que iba cargado. No aguantaba los chismes y se estaba derrumbando. Había tomado alguna copa y le evité el mal trago de hacer el ridículo. Además,  quería que me dirigiese la tesis.  No esperaba que fuera tan masculino en la intimidad.  Acabamos haciéndonos buenos amigos, hasta colaboramos juntos, pero este hombre tiene algo enfermizo. Me equivocó con una alumna anterior, supongo que se trata de su esposa, la mujer de la que ese día acababa de separarse y de la que nunca habla» 7 .

    Esa mañana lluviosa  de hace tres lustros  Blyth Greenock vio que aquella joven estaba subiendo

al estrado y que cogía de sus propias manos la tiza. Observó que al hacerlo sonreía como apenada. Y se sonrojó. Ella enarcó las cejas esperando su permiso. Estaba dispuesta a continuar la angustiosa tarea de darle al clarión, deporte que al alcohólico Greenock, menos cascado que ahora, estaba a punto de costarle una lordosis. Cuenta la leyenda que Erika proyectó entonces en la mente de su catedrático preferido una foto de Nôtredamm, en cuyo primer plano destacaba la presencia del famoso jorobado, un sujeto similar a Blyth, de pelo revuelto y grasiento, con un soberbio grano en la nariz. Por entonces Erika estaba leyendo sobre la experimientación telepática de Ramón y Cajal. Asombrado por la asociación de imágenes, el maestro no tuvo opción. Al verse como un giboso cedió sin pensar el testigo. La dejó hacer. Se desenvolvía con seguridad en la complicada formulación. Iba llenando con soltura la pizarra, blanco sobre negro, recorriendo sus tres metros de ancho y aprovechando incluso los márgenes de madera, ennegrecidos por el uso del borrador y las balletas. Greenock buscó el pañuelo en su pantalón, se limpió las manos, las gafas y la chaqueta de pana, después tomó asiento detrás de su mesa. Había en su boca una mezcla de alivio y satisfacción que difícilmente combinaban con el placer que aquella señorita le estaba provocando. Pese a su atuendo, de natural desaliñado y extravagante, le subyugaba. Las trenzas rastas de Erika bailaban ingenuamente al compás de su tiza, la cual se pulverizaba una y otra vez a fuerza de escribir letras griegas, fracciones, cuadraturas. El Horizonte de Cauchy entre dos cuerdas cósmicas ocupaba dos pizarras enteras y propinaba un terrible dolor de espalda cada año al madurito Blyth, Garganta de Whisky, de modo que se permitió pensar si no era una locura lo que estaban viendo sus ojos: el ejemplo de que Los Tiempos estaban cambiando. Rejuveneciendo su corazón. Ilusionándolo. Esta misma ilusión sufría en silencio doña Aïsa Royo, obligada a buscar metáforas y halagos, inacabables ternezas teñidas de sensatez.

  —¿Qué quién es Erika Sixto?— se deleitó al pronunciar su nombre dejando escapar un suspiro.

  Hablando de Erika, las mejillas de «la Micro» se sonrojaban como el culito de un bebé. Tuve la oportunidad de comprobarlo en Machu Picchu, subiendo las interminables y tortuosas escalinatas de piedra tallada del último Intihuatana de la Tierra. La microbióloga, mujer morena y menuda, de mirada inquisitiva pero cordial, tomó asiento en la ventana inca del mirador y respiró. El oxígeno era un bálsamo para sus maltrechos pulmones, fumaba un par de paquetes de cigarrillos diarios y la altura del lugar la dejaba sin aire. Antes de responder recuperó el resuello pero luego se quedó embobada contemplando la postal. La Salutación al Sol que Erika Sixto desarrollaba en un marco tan incomparable, invadió al instante sus sentidos. La vio primero orientarse, buscar referencias y, una vez que a su juicio encontró el lugar exacto, se dispuso a ejecutar un antiquísimo ritual de yoga, sencillo en sus gestos pero de lacerante belleza. Estábamos a casi dos mil metros de altura, frente al Huayna Picchu, donde Miquel Elies, Gustave Avril, Blyth Greenock, Jón Sveinsson, Erika Sixto y la propia Aïsa Royo habían acordado reunirse. El único que faltó, como casi siempre, fue el doctor Izuzquiza que, atrapado en su consulta, rogó que le excusaran por medio de un fax. No sería la primera ni la última sorpresa del viaje.


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7 «La Lumpen Matemática », diario de Erika Sixto.

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  Erika y yo nos hospedábamos en el  American Embassy, frente al muro de piedra del Koricancha, y a las siete de la mañana me trajo aquel fax un conserje de diecisiete años, aunque de aspecto talludito y trazas de meterle al Popper. Respondía al nombre de Honorio. Era botones, camarero y hasta jefe del Embassy en ausencia del titular. Las manos de este chaval, allá en España, serían las propias de un agricultor con veinte años de azada. En su izquierda llevaba un mate de coca y su bocaza delataba la ausencia de dentista.

  — Buenos días –me saludó—, ¿se encuentra mejor del soroche?
  — Ideal de la muerte —respondí con desgana.

  Honorio, zagal despierto, tenía el don de subirse a la parra. Es lo que ocurre cuando llegas a un hotel de noche cerrada y pides habitación. Resulta que sólo queda una y es la mejor.

  — No he pegado ojo en toda la noche —me expliqué.

  Sin venir a cuento hizo un gesto brusco con el cuello y le petó un hueso indefinido, tal vez la clavícula. Después soltó una carcajada de lo más juvenil. Supuse que habría dormido en el sofá del vestíbulo, junto al mostrador de la entrada, y que todavía andaba su espíritu en mitad de algún sueño turbio.

  — Para el sistema nervioso, nada mejor que un buen desayuno —me aconsejó de pronto al percibir que estaba en calzoncillos. Igual le parecieron estrambóticos pero eran unos gayumbos corrientes. Ahogando las risas dispuso Honorio aquel mate en mis manos, me entregó el fax y desapareció raudo por el pasillo camino de la cafetería.
  — ¿Qué ocurre? —preguntó Erika alzando la voz cuando escuchó que yo cerraba la puerta.
  Ella, mientras se desarrollaba tan estúpida conversación, estaba duchándose. Aparté una braga del tendedero que «habíamos» improvisado en el cuarto de baño la noche anterior mediante una cuerda y me encontré directamente con su cara, que emergía llena de espuma tras la cortina del baño.
  — Honorio está preparando el desayuno —la informé dándole un beso, un beso fugaz, con sabor a jabón—. Imagina que hemos pasado la noche de chuculún en chuculún —la previne. Erika fingió entenderme, dio un sorbo al mate que me había dado Honorio y prosiguió con su aseo personal. Canturreaba en versión rap una canción mexicana:

  «Y se detiene el tiempo en tu cara, y se te acaba el cuento de hadas,
   y se te mueve el piso, el cielo, y no sabes ni cómo te llamas» 8 .

  Me la hubiera comido allí mismo. La veía tan distante que su naturalidad me afilaba los caninos, enterneciéndome hasta sentirme ridículo, de modo que decidí volver al dormitorio y no perder las fuerzas que me quedaban en una escaramuza sexual abocada al fracaso. Rara vez a esas horas le apetecía un kiki. Debió agotarse el agua caliente,  o estropearse la ducha,  que era eléctrica y daba miedo, porque comencé a escuchar sus gritos de fastidio. El fastidio se convirtió en auténtica mala hostia cuando al salir de la bañera Erika se agarró instintivamente al tendedero y se desprendió la escarpia que lo sujetaba al espejo del lavabo.

  Acabábamos de llegar a Cuzco desde Lima vía Iquitos y dentro de un rato partiríamos a Pisac para hacer noche en Ollantaytambo, así que estábamos exhaustos. A los nombres exóticos peruanos se añadían paisajes discordantes y no daba Tiempo a digerir. La densidad de las jornadas dejaba la líbido por los suelos y el termómetro de la pasión alcanzaba niveles semejantes al Condensado de Einstein-Bosé, una sarnosa papilla que surge a partir de 273 ºC bajo cero. Por si fuera poco, yo no tenía costumbre de moverme por una ciudad construída a tres mil doscientos metros de altura y al llegar a Cuzco comencé a sentir que un matarife me estaba ensartando con un gancho por la nuca. Esta sensación tan desagradable me empujó a tomar un sorbo de mate, que en aquellas latitudes siempre es de coca, y abandoné el vaso en la mesilla. Después me dejé caer como un fardo sobre la cama. No podía con mi alma. Veía llegar el Caos a oleadas y, sinceramente, el Caos era en ese instante lo último que me apetecía probar. Esperé pacientemente a que se desocupara el cuarto de baño y escampase la tormenta emocional que comenzaba allí a desarrollarse, so pena que pudiera crecer hasta formar un torbellino de ira y extenderse.


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8 «Lo que andábamos buscando». Elefante. De la noche a la mañana.

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  A las que —como Aïsa Royo— piensan que Erika Sixto era tan solo una mujer fascinante, inquieta, resuelta e imaginativa, les mostraría hasta qué punto y de qué manera una persona tan civilizada puede transformarse en un animal enjaulado: bastan diez minutos y las circunstancias idóneas. Un tendedero que está donde no debe, por ejemplo. O el agua caliente que no funciona.

  Al salir de la bañera se agarró Erika a la cuerda de una manera automática y automáticamente recordó también que Tiago, su compañero sentimental, el que acababa de darle un beso y que lo mismo ahora se estaría haciendo una paja a sus espaldas, colocó ayer noche —lo menos eran las dos— ese tendedero inútil al que ahora ella se estaba aferrando. De forma inconsciente olvidó que yo era torpe y chapucero a la hora de acometer este tipo de faenas domésticas, pero ya era tarde, porque saltó la escarpia y brincó el espejo hasta hacerse añicos contra el grifo del lavabo. Ella también brincó, enganchándose a la cortina originando el estrépito, y sentí llegar el Caos a la base del cráneo, justo en la nuca, donde se cebaba aquel soroche que me estaba matando.

  Cuando a Erika se le rebelan los objetos se produce una falla en su conducta y el error da lugar entonces a una cadena de sucesos. La escarpia me pareció un proyectil cuando salió por la puerta del retrete y rebotó en mi vaso de mate, que estalló por simpatía.  El marco, liberado ya de la escarpia que lo sujetaba a la pared, dejó escapar el espejo, que se rompió contra la cerámica del lavabo, mellándola por donde le cupo. Arrastrado el marco por el ímpetu de la cuerda, salió a su vez despedido. No sé si le alcanzó a Erika en la frente, pero la niña curiosa que hace un momento asomaba la nariz tras la cortina de la ducha se revolvió de pronto en la bañera  igual que una alimaña, chillando en tonos indescriptibles, como si estuviera poseída.

  Hasta que no me entero de lo que pasa, suelo imaginar lo que ocurre. Y al oír un alarido semejante al que pudiera brotar de la garganta de un caudillo indígena, tal vez Manco Cápac, a las puertas de Sacsayhuasman, los pelos se me pusieron de punta. Pensé que la reencarnación del último inca se materializaba en aquella habitación del American Embassy, justo al lado del Koricancha, y sólo eran las siete de la mañana cuando comencé a morderme las uñas.
   Habíamos acordado (durante ocho años de relación se acuerdan algunas cosas), que este tipo de tormentas emocionales eran de su estricta incumbencia, que no iban conmigo y que por lo tanto mi condición de compañero sentimental no me otorgaba en este asunto derecho alguno de injerencia. Pero a mí me cuesta un horror desentenderme. Escuchas ruidos desasosegantes y estruendosos, haces de tripas corazón, te levantas de la cama y la ves agarrada al otro extremo de la cuerda del tendedero, en pelotas y trepando rabiosamente por una pared alicatada. Aguantas a pie firme el tirón. Observas que se derrumba contra el suelo y aprovechando la proximidad del lavabo decide golpearse allí repetidamente la sesera. Puedes suponer que intenta abrirse una brecha por la que fluya el entendimiento, pero ¿qué haces? ¿No haces nada?

  — ¿Pero qué estás haciendo? —grité en mitad de la confusión, intentando levantarla.

  Para qué quieres más.

  — A ti qué te importa —respondió clavándome sus ojos azules hasta que me sentí un conejo.

  No me resulta fácil ayudar a nadie y el pundonor ajeno tampoco facilita las cosas, así que, cuando se produjo la deflagración de su carácter y se desató la onda expansiva, pasé a convertirme en un fallo más de la cadena, una liebre ignorante, como diría ella, en este océano de Materia Oscura que nos envuelve y del que apenas sabemos nada.

  El Caos genera distintos órdenes y perspectivas. El conocimiento jamás te exime del esfuerzo, cuyo sufrimiento en Erika la hace entrar de lleno en la épica. Lo mismo planea el suicidio neuronal que descubre un ángulo de proyección en el espacio. Si la solución de los problemas la hace brillar igual que una piedra preciosa, las dificultades presagian temporales de mal genio, palabras sucias, negación de autoestima y lesiones imprevisibles. En ambas emociones refulgen sus pupilas como los faros de un trailer, así que lo mismo puede lanzarse por la ventana que ponerse a llorar en un rincón. Locura y genialidad son sus primas hermanas, tal vez por éso la miraba yo y no sabía a qué carta quedarme.

  Haciendo gala de su imprevisible temperamento, se levantó del suelo absolutamente ida pero con el punzante interés de encontrar un bolígrafo. Yo me hice el loco para no desentonar. Fingí que nada importante había ocurrido, aunque por dentro me latía el corazón como un bombo.
   Descansé la vista sobre el papel que acababa de entregarme Honorio y de esta manera supe que el doctor Izuzquiza, el médico de mi infancia, deseaba suerte en los cálculos al puñado de insignes que pateaban Machu Picchu con la esperanza reflejada en sus rostros. También llamó mi atención que les aconsejara extremar las medidas de seguridad, un misterio que me obligó a preguntarle a Erika si ese médico que firmaba el fax era el mismo que conocía yo de toda la vida o era otro.
  — Es otro —contestó ella. Y se quedó tan ancha. Mientras secaba su cuerpo de la titritona empezó a sembrar con nuevos cálculos las cuartillas de su gastada libreta.

  — ¿Y por qué no me lo has dicho antes? —repliqué sin creerla.
  — ¿La nota es para ti? —me reprendió ajustando sus gafas y quitándome el fax de las manos.

  Erika, cuando era capaz de encontrarlas, usaba gafas. Entonces tenía unas espantosas, de pasta negra, cuyos tornillos acabó remachando en unas patillas de alambre. También llevaba lentillas, pero no siempre, porque gozaban de vida propia.

  Era el 28 de octubre de 2005.

  Ese día tuve el placer de ver a todos reunidos. Nos habíamos ido encontrando a lo largo del Perú. Gustave, el sociólogo, venía de Nazca y subió hasta Ollantaytambo en una Harley de alquiler. A Aïsa nos la encontramos en el mercado de Pisac, recién llegada de un viaje en globo hasta los Andes. A Miquel Elies, catalán ilustrísimo, desayunando en el recoleto parador de la cuesta de Chincheros.  El veterano astrofísico islandés, Jón Sveinsson, aguardaba al grupo en la estación de Aguas Calientes. Le acompañaba un ilustre catedrático de la universidad de Cuzco, el licenciado Guaman Poma, con el que había hecho buena parte de la Ruta del Inca. En la puerta al santuario de Machu Picchu se nos pegó además un periodista del noticiero «Perú Imposible».

  Más de una vez me pregunté cuál era mi lugar en aquel rebaño. Si mi presencia tenía un sentido o me limitaba a ejercer como un consorte. Con más vértigo que complejo curricular fui subiendo los peldaños que conducían al vértice de la ciudad perdida. Ésta fue la primera y la única vez que tuve el honor de conocer, en el mismo blister, a los amigos más lejanos de mi compañera sentimental. El periodista, en cambio, cubría la huelga de hambre que un puñado de vociferantes funcionarios, gente preocupada por la masificación turística del santuario y por el destino final de los dólares de las entradas, escenificaba en la puerta del recinto arqueológico. El periodista había tomado unos planos de los manifestantes y viendo entrar a unos turistas extranjeros les preguntó su opinión.

  Jón Sveinsson, piel de crustáceo y albino, en medio de aquel panorama era un individuo a todas luces foráneo, de modo que el micrófono de «Perú Imposible» le dio prácticamente en los morros cuando el licenciado Guaman Poma, hombre con perspectiva y que está a la que salta, se decidió a echarle un capote:
  —Estos señores no desean manifestar su opinión —interrumpió, y tomando del brazo al doctor Jón aligeramos el paso rumbo a la taquilla.
  No hubo mucho más que hablar. Los manifestantes comenzaron a pasarse unas gruesas cadenas de hierro y la policía peruana se abrió camino con sus escudos y sus cascos. El periodista se quedó con la mosca detrás de la oreja y comenzamos desde entonces a encontrárnoslo en el recinto.
  — ¿Erika Sixto? —repitió «la Micro» maliciosamente. Buscó un cigarrillo en su mochila y mientras observaba a Erika, que estaba completamente arqueada y estirando sus brazos al sol, asintió—: Erika Sixto es una mujer fascinante. Una persona de imaginación fértil  y matemática prodigiosa, una científica resuelta y muy ilusionada con su trabajo, tal vez la última optimista.

  Al periodista debió parecerle una descripción fantasiosa. Miró dónde escrutaba la microbióloga, de la que ignoraba todo, incluso su profesión, y encontró al resto de extranjeros que la acompañaban afanados en tareas que no alcanzó a comprender. Vio que un tipo calvo y bajito extraía de la bolsa que cargaba a sus espaldas un espejo exagonal. Se encaminó al monolito del Intihuatana y lo encajó en su punta. Al instante se proyectó un haz de luz en la montaña de enfrente y emergió de la selva un rayo de color rosáceo que comenzó a barrer la ladera por su izquierda.
  Un sujeto cascarrabias de la misma «trouppe», que llevaba un cronómetro en la mano, al sentir que la luz proyectada desde el monte atravesaba de nuevo el santuario, en oblicuo y hacia abajo, dio unos pasos a su derecha, observó la ventana inca en la que se habían sentado a charlar la microbióloga y el periodista, y se lanzó corriendo hacia ellos. Llegó a tiempo de observar dónde rebotaba la luz. De hecho la vio restallar sobre el altar del Templo del Sol y volver de nuevo sobre el Intihuatana. Justo le cupo a su cerebro para mandar la orden a su pulgar. Era una tarea inútil, porque la luz viaja a trescientos mil kilómetros por segundo.

  El señor del espejo exagonal trabajaba por entonces en la creación de un ordenador cuántico en la universidad de Innsbruck y aquél viejo que se avalanzaba con un cronómetro en la mano era un renombrado científico inglés. El doctor Miquel Elies y el doctor Blyth Greenock, respectivamente.

  Blyth era un cientifico a la antigua usanza. Le gustaba dramatizar las comprobaciones científicas, darles un toque nostálgico y circense. Un cronómetro no era el instrumento más adecuado para hallar las medidas de ese triángulo de destellos que se había formado en el santuario de Machu Picchu, pero el apasionamiento de Greenock por la teatralización de la ciencia era tal que simbolizó la presencia del Tiempo en su reloj. Su verdadero reloj era atómico y nadie necesitaba transportar hasta allí semejante artefacto para saber las medidas exactas de ese triángulo. Era suficiente con llevar encima un GPS y una cámara digital. La fotografía la disparó desde el monolito un sujeto más joven, de gustos afrancesados, sutil en las formas y sin embargo expeditivo.Yo llevaba una conversación esporádica con él desde que nos encontramos en Ollantaytambo a las siete de la mañana, en la estación del único tren que conduce a Aguas Calientes, el black packer cerrojo. Como sociólogo, el neozelandés de madre francesa, el joven doctor por la universidad de Auckland, Gustave Avril, que nació en Akaroa, había despertado mi interés.

  El doctor Avril me entregó la microtarjeta que contenía la foto en un adaptador y me indicó que se lo diera al doctor Sveinsson, que hablaba a unos metros de nosotros con el cuzqueño catedrático, el licenciado Guaman Poma. El licenciado se empeñaba en atarse las botas mientras conjeturaba con el islandés sobre la utilidad del santuario en sus inicios. Interrumpí su conversación al entregar el cartucho de la instantánea, que el doctor Sveinsson introdujo a su vez en el extremo de su PDA. Al cabo de un minuto el señor albino al que habían acompañado del brazo hasta la taquilla recibiría un mensaje en su teléfono con las medidas exactas del misterioso triángulo que acababa de formarse en Machu Picchu.. Algunos visitantes habían reparado en el destello rosáceo que emergía del monolito del Intihuatana, el altar del Templo del Sol y un punto indeterminado de la selva del Huayna.

  El licenciado indicó al islandés que aquel destello seguramente provenía del Templo de la Luna. Estaba de acuerdo con las teorías de Erika Sixto sobre la utilidad del santuario como laboratorio astronómico, pero los incas tenían un modo muy particular de expresar el Tiempo.

  En el Intihuatana la sonoridad era precisa y podían escucharse todas las conversaciones que se desarrollaran en su perímetro, por eso el periodista escuchó el nombre de Erika y, una vez se hubo repuesto de la inesperada carrera y posterior tropezón con aquel inglés impertinente al que habían tenido que ayudar a levantarse del suelo, le preguntó a la microbióloga:

  — Y porqué es tan fascinante, ¿acaso es trapecista?

  Aïsa Royo se quedó blanca. Recuerdo que observó después al chupatintas como si un sapo verde y asqueroso le hubiera salido de pronto por la boca. Le pareció que aquel insulto era peor que una blasfemia, porque desde la ignorancia tenía el poder de labrar una muesca en el destino.

  —¿Trapecista? —La microbióloga se atragantó al repetir la palabra.

  Observó a Erika cimbreándose entre los destellos y le pareció tan consistente aquella imagen que apuró su pitillo—: En cierta manera —afirmó tragando saliva —, Erika Sixto está condenada a ser la trapecista más importante de todos los tiempos.

  Era la frase idónea para un titular. Al día siguiente apareció en el «Imposible» de Cuzco la absurda entrevista que ahora estoy leyendo. El reportaje viene firmado por Helmer Rodrigo y nos presenta a Erika Sixto como una afamada trapecista española que visitó de incógnito Machu Picchu el pasado octubre y cuyo circo, el Gran Circo Universal, proyecta un espectáculo multimedia en las ruinas sagradas de los incas.

  La «trouppe» de científicos, la propia Erika y yo mismo, nos divertimos a su costa. Dejamos que el periodista creyera que éramos miembros de un circo y estábamos explorando las posibilidades de organizar un formidable espectáculo. Al licenciado le entusiasmó la idea y causó carcajadas de perplejidad en su clase ordinaria de física, a la que asistió la propia Erika en calidad de invitada del doctor Blyth. El doctor Blyth recibió la palabra del licenciado Guaman Poma y calificó el artículo del señor Rodrigo como clarividente. Comentó que hasta ayer mismo no tuvo acceso a la formulación final del controvertido «Hábitat del Trapecista», desarrollo de la tesis de Kipe Thorne para un Horizonte de Cauchy, y que por lo visto se alumbró en el más humilde de los lavabos de una pensión cuzqueña. A tres cuadras de donde se hallaban reunidos. El doctor Blyth, conocido por su teatralización de conceptos, organizó un tendedero en la pizarra. Pidió al licenciado que le trajera un espejo de los baños de la facultad y levantó el esqueleto de la escena que aquella mañana de octubre se produjo en el American Embassy.