Regalitos
lunes 20 de julio de 2009
© Sergio Plou
Artículos 2009

    En el lote de la personalidad suelen incluirse pequeños detalles con los que no estamos de acuerdo. Se compensa una vista de lo más aguda con un mal aliento, una predisposición a los números con una franca desgana en la lectura o un rostro simétrico con un balón de Nivea en cada nalga. Rayar la perfección es una lotería y la misma fortuna nos depara la suerte cuando trabajamos en puestos de relumbrón o simplemente de cara al público. Podemos gozar de un buen sueldo pero enseguida descubrimos responsabilidades y cargas añadidas, las que a menudo conlleva el cobrar a toca teja. Hago notar que estoy dando por sentado que se desempeña la faena a las mil maravillas, porque en caso contrario la realidad de los personajes tendría que ser muy distinta. No en vano estoy hablando de los regalitos, no de la corrupción.
    Funcionando a pleno rendimiento, y triunfando, hay quien goza de una popularidad tan enorme que al final no sabe dónde esconderse y termina rezando para que se lo trague la tierra. El paso del tiempo dicta las reglas de forma inmisericorde, así que a mayor éxito mayor inconveniente. Remar a la contra de la molicie, cuando se desea una vida-muelle, parece una insensatez y cualquier pelea se pierde de antemano. Los comportamientos están enraizados en la conciencia —sobre todo en los mayores— desde aquellas amarillentas instancias de la dictadura. Presentaban solicitudes a un excelentísimo señor haciéndole constar al pie, y a modo de despedida, que la petición era tal ridiculez que adquiría el rango de «gracia». La gracia que uno esperaba alcanzar —o recibir— colocó a los ciudadanos de la época franquista al albur de los funcionarios y gestores. Sin una mordida de por medio, los papeles desaparecían en un cajón. Era una época donde reinaba el silencio administrativo y la falta de respuesta se consideraba una negación. La herencia es nefasta. Por menos entonces se daban nuestros padres con un canto en los dientes, de modo que si nos empeñamos ahora en educar a los ágrafos parece que les estemos echando un gato a la cara. El rechazo de una lisonja o la devolución de un presente, no alimenta sanas conductas. Al contrario, genera tal cúmulo de malinterpretaciones que es peor el remedio que la enfermedad.
    Aún es fácil, en cambio, toparse con algunas personas que muestran su disconformidad en esta manía tan hispana de enviar presentes. Aluden en su defensa que llega un momento en que ya no saben qué diantres hacer con tanta chorrada y, lo que es más grave, que se sienten en la obligación de responder al que les halaga con un jamón, unas botellas o un reloj. Colocando obsequios por delante es de mal nacidos negar después una solicitud, traspapelar una petición o hacerse el longuis cuando te están pidiendo que exoneres una gabela (léase una multa o un impuesto). Qué se dará entonces a cambio de una licitación, ¿un chalé, una casa? Ciertos regalos parecen propinas, otros demuestran gratitud y algunos compran voluntades. Que los regalos no mediatizan a los agraciados es demasiado suponer y ciertas costumbres —como la navideña del aguinaldo— demuestran que se han extendido de tal manera que si no las pones en práctica te toman por un roñica. Pero, ¿dónde acaba la gratitud y dónde nace el soborno? ¿Estoy cometiendo un cohecho si le doy un euro de propina al repartidor del butano?
    Según santa Rita lo que se da no se quita, por éso la alcaldesa de Valencia —que es una persona de mucha prosapia— está convencida de que a medida que trepas por la escalera de la sociedad es normal recibir regalos más grandes y numerosos, ¿qué hará pues esta señora con todo lo que le regalan? ¿Obras de caridad? Afirma que sus regalos no son comparables a los que recibe el presidente del gobierno y probablemente tenga razón, aunque de seguir por esta regla de tres, los del Rey serán flipantes y de fábula los que le manden a Obama. Los de Kim Jon Il, el gerifalte de Corea del Norte, abarrotan un palacio gigantesco pero es de suponer que pertenecen al Estado, ¿o no? ¿Cuál es la diferencia entre la persona y el cargo que ocupa? Y una vez que abandona el puesto, ¿qué ocurre con los bolígrafos de oro y de plata? ¿Dónde acaban las obras de arte y las joyas? ¿Existe un registro de agasajos en todas las instituciones públicas? Depende. Hace unos días saltó una noticia a la palestra que causó una honda inquietud. El presidente francés, por primera vez desde el reinado de Luis XIV, había devuelto una parte de su presupuesto (unos quince mil euros). Y tampoco fue debido a un exceso de generosidad por su parte, no nos engañemos, sino que legalmente no se tomaban cartas en el asunto desde el año de la tana. Si estas cositas ocurren con el dinero público, ¿qué pasará con los regalitos?

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